dimecres, 26 de novembre de 2014

Li donem veu a... Maria de la Pau Janer



 
Filla del també escriptor Gabriel Janer Manila,  Maria de la Pau Janer i Mulet va nèixer a la Palma el 1966. Col·laboradora habitual a la ràdio i la televisió catalanes, a nivel professional es dedica a la ensenyança de Literatura Catalana a la Universitat de les Illes Balears.
 
Literàriament parlant, va ser finalista del Premi Sant Jordi de novel·la i guanyadora del Premi Carlemany el 1995 i Premi Ramon Llull el 1999, entre altres.  Va ser finalista del Premi Planeta el 2002 amb Las mujeres que hay en mi, premi que va guanyar el 2005 amb el llibre Passions Romanes.
 
No obstant això, Las mujeres que hay en mi va ser un èxit de vendes, L'argument reconstrueix la història de tres generacions de dones d'una familia, l'àvia, la filla i la néta. Aquesa última serà la veu narrativa, qui s'interroga sobre les vides de les seues avantpassades, les dues mortes als vint anys.
 
 
 
"En aquella casa habitaban los fantasmas de mis madres. Lo supe desde que era una niña que caminaba junto a los muebles, mirándolos como observan los mayores las montañas recortadas en el cielo. Tenía que levantar la cabeza i ponerme de puntillas para ver las mecedoras de madera, las mesas de cerezo, las sillas tapizadas de terciopelo, las camas de dose. Entonces aún me resultaba fácil buscar rincones donde esconderme de los miedos infantiles, refugios absurdos donde me sentía segura. Había escondites en la sparedes, entre las butacas y las cortinas que caían pesadas, tras la chimeneam, en el ángulo que formaba el guardarropa con la pared. Me encogía y esperaba, el corazón acelerado, que alguien viniera a mi encuentro.
 
Los fantasmas no tenías las formas blancas que aparecían en mi tebeos o en el cine. En las sábanas que tendían detrás d ela casa, en unos porches abiertos al exterior, judsto donde empezaba el huerto de los naranjos, no estaban. Esta segura de ello. Como me entretenía en verlas volar, empejuadas por la brisa de la mañana, el airecillo del mediodía, o el viento de las tardes agitadas, sabía que sólo eran telas blancas. Olían a azahar por la proximidad de los árboles, pero no ocultaban secretos. Volaban bien alto, se alzaban sólo un poco, o reposaban verticales, mientras el sol les robaba los restos de agua y el aire les traía buenos aromas."
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